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sábado, 20 de julio de 2013

Arrancad las semillas, fusilad a los niños

La primera novela del más celebrado escritor japonés viviente, Arrancad las semillas, fusilad a los niños, narra las proezas de quince chicos adolescentes de un reformatorio, evacuados en tiempo de guerra a un remoto pueblo de montaña, cuyo alcalde cree que hay que suprimir a los revoltosos "desde la semilla". El narrador, que es el cabecilla de la banda, su hermano pequeño y sus colegas son todos los delincuentes marginados, temidos y detestados por los campesinos del lugar. Cuando se declara una epidemia, los habitantes del pueblo los abandonan y huyen, encerrándolos dentro del pueblo vacío; el breve intento de los chicos de construirse una vida autónoma de dignidad, amor y valor tribal, como reacción a la muerte y a la adulta pesadilla de la guerra, está condenado inevitablemente al fracaso.

Esta novela, en la que aparecen ecos desde Mark Twain y el Golding de El señor de las moscas hasta Mailer y Camus, encierra todas las cualidades que distinguen la escritura de Oé: su ira radical, su evocación de mito y arquetipo y su extraordinario estilo poético.

"Oé esta considerado unánimemente como uno de los mayores novelistas japoneses de la posguerra. Es fácil adivinar la causa: aquí, su escritura es vigorosa, abrasiva y horriblemente perfecta" (Publishers Weekly).

"Se leen estas páginas conteniendo la respiración, maravillados por su belleza, sobrecogidos por su violencia contenida" (Isabelle Fiemeyer, Lire).

"Un relato sombrío y violento, que también es una fábula sobre la historia, sin la alegría de una eventual redención" (Thierry Bayle, Le Magazine Littéraire).

"Un final bastante soso" (Enaut)

jueves, 17 de mayo de 2012

La presa

Cuando, en los días de la guerra del Pacífico, un avión enemigo se estrella en las montañas de una aldea de cazadores, los habitantes capturan al único superviviente, un soldado negro. En una aldea hundida en un valle, en mitad de un bosque y aislada después de una durísima estación de las lluvias, cerrada la escuela, los niños descubren con la llegada del prisionero negro una realidad excepcional, entre el terror y el asombro. La contemplación de lo desconocido se disfrazará de amaestramiento. Pero el narrador, uno de los niños que vigilaron a la presa extraordinaria, irá adivinando que los amestrados son los que miran cada gesto del sorprendente soldado negro. El extraño altera el curso de los días repetidos: como si lo sagrado irrumpiera en la vida, y la transformara dotándola de un sentido nuevo. Como no el escritor ha comentado el miembro del negro y al final ha muerto alguien, como siempre.

miércoles, 27 de julio de 2011

Dinos como sobrevivir a nuestra locura

En el relato que da título al volumen, que supone la consagración de Kenzaburo Oé, así como en "Agüi, el monstruo del cielo", Oé vuelve sobre el tema del hijo retrasado para elevarlo a una categoría mítica y alegórica (hablar figuradamente, es que, que palabras....), que sin embargo no pierde la ternura y la violencia de la irrefutable (indiscutible) proximidad de lo real.

Nada más lejos de Oé que el mero lamento por lo que la Historia o el destino deparan a los pueblos y a los hombres, ni tampoco aquellos "valores heroicos" defendidos por Mishima, claramente aludidos e ironizados en el retrato que completa este volumen, "El día que El se digne enjugar mis lágrimas". En él, un hombre gravemente enfermo (aunque acaso se trata sólo de un enfermo imaginario) recuerda los "días felices" posteriores al lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima, cuando su padre, en una ridícula acción suicida, ofrendó su vida al emperador de Japón. Un emperador que, entonces, dicidió en un gesto insólito abandonar su categoría divina y hablar a sus compatriotas "como si fuera" un humano más (por culpa de los yanquis de mierda).

Kenzaburo Oé está considerado el símbolo y el portavoz de su generación uno de los grandes escritores japoneses de nuestro tiempo. En 1994, consiguió el premio Nobel.

De todas formas, para leer a un escritor japonés hay que ser una persona "muy" positiva, muy Van Gaal; siempre positifo, nunca negatifo. Porque como seas un cenizo, te puedes acabar suicidando.