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martes, 19 de junio de 2012

Limpiar el trasero de un Buda

En el grupo del maestro zen Hakuin había un monje loco que pensaba que su ser había alcanzado la identidad del Buda. Arrancaba las escrituras budistas y usaba sus páginas como papel de retrete.

Otros monjes le llamaban la atención por ello, pero él no hacía caso, y replicaba con altanería: "¿Qué hay de malo en usar las escrituras budistas para limpiar el trasero de un Buda?"

Entonces, alguien repitió esto al Maestro Hakuin, quien preguntó al monje loco: "Dicen que estás utilizando las escrituras budistas como papel de retrete. ¿Es esto verdad?"

El monje loco dijo: "Sí. Yo soy un Buda. ¿Qué hay de malo en usar las escrituras budistas para limpiar el trasero de un Buda?"

Hakuin dijo: "Estás equipocado. Puesto que se trata del trasero de un Buda, ¿por qué utilizas papel viejo ya escrito? Deberías limpiarlo con papel limpio en blanco."

El monje loco se avergonzó y pidió disculpas.

sábado, 12 de mayo de 2012

Aprendiendo a callarse

Los estudiantes de la escuela Tendai solían practicar la meditación mucho antes de que el zen llegase al Japón. Cuatro de estos estudiantes, amigos íntimos, se prometieron el uno al otro en cierta ocasión observar siete días de absoluto silencio.

Durante el primer día, todos permanecieron callados. Su meditación había empezado con buen pie. Pero al caer la noche, como fuera que la luz de las lámparas de aceite había empezado a palidecer, uno de los estudiantes no pudo evitar decir a un sirviente: "Recarga esas lámparas". Un segundo estudiante se quedó estupefacto al oír hablar al primero. "Se suponía que no íbamos a decir una palabra", observó. "Sois los dos unos estúpidos. ¿Por qué habéis hablado?", preguntó un tercero. "Yo soy el único que no dice nada", concluyó el cuarto.

jueves, 10 de mayo de 2012

Cuando llega la hora

Ikkuyu, el maestro zen, era muy listo aun siendo un muchacho. Su maestro poseía una preciosa taza de té, una antigüedad muy rara y de gran valor. Un día, Ikkuyu la rompió sin darse cuenta. Oyendo entonces el ruido de las pisadas de su maestro, escondió precipitadamente las piezas rotas tras de sí. Al entrar aquél en el cuarto, Ikkuyu le preguntó:

"Maestro, ¿por qué la gente tiene que morir?".

"Es lo natural", explicó el viejo. "Todas las cosas tienen que morir, como tienen también tiempo para vivir."

Ikkuyu sacó entonces la taza rota y dijo: "Maestro, le ha llegado a su taza la hora de morir".

sábado, 24 de marzo de 2012

En la Tierra de los Sueños

Siendo un muchacho, nuestro maestro solía echarse a dormir la siesta por las tardes - comentaba un discípulo de Soyen Shaku. Al preguntarle nosotros por qué razón hacia eso, nos respondió que viajaba a la Tierra de los Sueños para encontrarse con los viejos sabios, como hacía Confucio. Era de todos sabido que Confucio, cuando dormía, soñaba con los antiguos patriarcas, lo cual le proporcionaba abundante material para sus sermones.

Cierto día, prosiguó el discípulo, hacía mucho calor y algunos de nosotros caímos dormidos. Al ser reprendidos por nuestro maestro, le explicamos que fuimos a la Tierra de los Sueños para hablar con los viejos sabios, como solía hacer el propio Confucio.

"¿Qué fue lo que esos sabios os contaron?", nos preguntó entonces. Uno de nosotros replicó: "Fuimos a la Tierra de los Sueños y preguntamos a los sabios si nuestro maestro Soyen Shaku solía ir a verlos por las tardes, pero nos dijeron que no conocían a nadie con ese nombre".

viernes, 9 de marzo de 2012

Diálogo Zen


Los maestros zen enseñan a sus jóvenes pupilos a expresarse por sí mismos. Dos monasterios zen, vecinos entre sí, tenían cada uno de ellos un pequeño protegido. Sucedió que uno de ellos, yendo por la mañana a comprar legumbres, se encontró con el otro en el camino.
 
“¿A dónde vas?” le preguntó al verlo.
“Voy a donde mis pies me lleven”, respondió el otro.

Esto dejó confundido al primer pupilo, que fue enseguida a consultar a su maestro. “Mañana por la mañana”, le aconsejó este, “cuando vuelvas a encontrarte con ese muchacho, repítele la pregunta que le formulaste hoy. Te responderá lo mismo, y entonces tú le dirás: “Supón que no tuvieses pies, ¿Adónde irís entonces?” Esto lo pondrá sin duda en un buen aprieto.

Los dos muchachos se encontraron a la mañana siguiente.

“¿Adónde vas?”, preguntó el primero.
“Voy allá donde me lleve el viento”, respondió el otro.

Esto volvió a dejar perplejo al jovencito, que contó su fracaso a su maestro.

“Pregúntale adónde iría si no soplase el viento”, le sugirió este.

Al día siguiente se encontraron por tercera vez.

“¿Adónde vas?, preguntó el primero.
“Voy al mercado a comprar legumbres”, replicó el otro.

jueves, 23 de febrero de 2012

En las manos del destino

El famoso guerrero japonés Nobunaga, decidió atacar al enemigo a pesar de ser este diez veces superior en número. Estaba seguro de la victoria, pero sus hombres no pensaban lo mismo.

De camino hacia el campo de batalla, Nobunaga se detuvo ante un santuario shintoísta y anunció a los soldados: <<Después de visitar el templo, lanzaré una moneda al aire. Si sale cara, ganaremos; si sale cruz seremos derrotados. El destino nos tiene en sus manos>>.

Nobunaga entró en el santuario y oró en silencio. Al salir, tiró la moneda. Salió cara. Sus soldados se lanzaron al combate con tal vehemencia que la batalla cayó fácilmente de su lado.

<<Nadie puede alterar los designios del destino>>, le dijo al general, después de la victoria, uno de sus oficiales.

<<Nadie, ciertamente>>, asintió Nobunaga,sacando del bolsillo una moneda trucada, con una cara en cada lado.

jueves, 16 de febrero de 2012

Alojamiento a cambio de diálogo

Con tal que proponga a sus moradores, y lo gane, un debate sobre cualquier aspecto del budismo, todo monje vagabundo tiene derecho a quedarse en un monasterio zen. Si, por el contrario, sale derrotado, deberá marcharse.

Dos hermanos, ambos monjes, vivían solos en un monasterio en el norte del Japón. El hermano mayor era muy docto, mientras que el pequeño era estúpido y le faltaba un ojo. Un monje vagabundo llegó cierto día al monasterio en busca de alojamiento. Según la costumbre, desafió a los hermanos a entablar una discusión sobre la sublime enseñanza. El mayor, que se encontraba bastante cansado de tanto estudiar, pidió al más joven que ocupara su puesto. <<Ve y arréglatelas para que el diálogo se haga en silencio>>, le aconsejó, pues conocía su escasa habilidad con las palabras.

El joven monje y el recién llegado se dirigieron al oratorio y tomaron asiento. Poco después el forastero llegaba corriendo hasta el lugar donde se encontraba el hermano mayor. <<Puedes sentirte satisfecho>>, le dijo. <<Tu joven hermano es un eminente budista. Me ha derrotado>>

<<Cuéntame cómo se desarrolló, el diálogo>>, le rogó el hermano mayor.

<<Al sentarnos>>, explicó el viajero, <<yo levanté un dedo, representando al Buda, el Iluminado. Él replicó levantando dos dedos, simbolizando al Buda, dando a entender que una cosa era el Buda y otra sus enseñanzas. Tras lo cual yo alcé tres dedos, simbolizando al Buda, sus enseñanzas y sus seguidores, llevando una vida armoniosa.  Pero él me lanzó entonces un puño a la cara indicándome que las tres cosas proceden de una comprensión  única. Fue así como ganó, y por lo tanto yo no tengo derecho a quedarme>>. Dicho esto, reemprendió su camino.

<<Dónde se ha metido ese tipo?>>, preguntó el hermano menor, que salía entonces del monasterio.

<<Tengo entendido que ganaste el debate>>.

<<No gané nada. Vengo a darle una paliza a ese monje>>.

<<Cuñentame cuál fue el tema de la discusión>>, dijo el hermano mayor.

<<El tema!... Pues bien: Nada más sentarnos, ese tipo levantó un dedo, insultándome al insinuar que sólo tengo un ojo. No obstante, puesto que se trataba de un forastero, pensé que era mi obligación portarme cortesmente, así que le mostré dos dedos, felicitándolo por su buena suerte, que le había permitido conservar ambos ojos. Pero entonces, el muy miserable alzó impunemente tres dedos, sugiriendo que entre él y yo no sumábamos más que tres ojos. Esto me sacó de mis casillas y empecé a darle de puñetazos, pero él logró escapar y así acabó todo.>>

miércoles, 1 de febrero de 2012

La recitación de los sutras

Cierto granjero hizo llamar a un sacerdote de la secta Tendai para que recitase algunos sutras en memoria de su esposa, que acababa de morir. Cuando este hubo terminado su lectura, el granjero le preguntó que si creía que su mujer habia ganado algún mérito con esto.

"No sólo su mujer, sino todos los seres vivientes se beneficiarán de la recitación de los sutras", contestó el sacerdote.

"Si es así", dijo el granjero, "pudiera ocurrir que otros se aprovechasen de la debilidad de mi mujer, quedándose para si los méritos que a ella le pertenecen, le ruego que recite los sutras sólo para ella".

El sacerdote explicó que era el anhelo de todo budista ofrecer bendiciones y desear méritos a todas las criaturas vivas.

" Es una hermosa enseñanza", admitió el granjero. "Pero, por favor haga una excepción. Tengo un vecino que se comporta de una forma especialmente grosera y mezquina conmigo. Exclúyalo del grupo de los seres vivos".