
Durante el primer día, todos permanecieron callados. Su meditación había empezado con buen pie. Pero al caer la noche, como fuera que la luz de las lámparas de aceite había empezado a palidecer, uno de los estudiantes no pudo evitar decir a un sirviente: "Recarga esas lámparas". Un segundo estudiante se quedó estupefacto al oír hablar al primero. "Se suponía que no íbamos a decir una palabra", observó. "Sois los dos unos estúpidos. ¿Por qué habéis hablado?", preguntó un tercero. "Yo soy el único que no dice nada", concluyó el cuarto.
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